Por: Darío Valle Risoto
De los peores oficios que existen tal vez tenga uno de los puestos destacados, ser guardia de seguridad. Pedro entró a trabajar en ello porque ya estaba cansado del desempleo y aunque el sueldo era demasiado escaso, al menos era un trabajo.
Luego de un día agotador donde le dieron la instrucción adecuada y tras escuchar durante horas y más horas todo lo concerniente a sus obligaciones como guardia, volvió a su casa cargando la bolsa con los dos uniformes muy cansado y con un sentimiento de derrota.
Se durmió inmediatamente, dos días después le adjudicaron un puesto de sereno nocturno en unos depósitos de la Unión Ferroviaria más o menos cerca de su casa. Había pedido el turno de la noche pensando que era mejor luchar contra el sueño que verse en dificultades durante el día soportando jefes y demasiada gente alrededor.
Se presentó en una caseta exterior sobre la calle Aparicio Sarabia donde un gordo que masticaba de un sándwich le miraba como si estuviera fuera de ambiente, dentro de su uniforme marrón.
__ Andá a la caseta numero seis que queda para allá, ponete el carnet bien visible sobre el bolsillo derecho de la camisa y no te aflojes la corbata que a los supervisores no les gusta nada y te pueden sancionar.
A unos trescientos metros entre unos galpones de chapa oxidados y restos de viejas máquinas se encontraba una caseta diminuta de fibra de vidrio con el distintivo de la compañía, adentro dormitaba un tipo de raza negra y prominente abdomen mientras escuchaba cumbias de una pequeña radio semi rota y arreglada con cinta adhesiva.
__ Buenas tardes, soy Pedro Marticorena.
__ Te dejo la radio, cuidala. __Le dijo el tipo que se subió a una bicicleta y se retiró cargando una mochila mugrienta.
Eran las seis de la tarde apenas pasadas, le quedaban doce horas por delante donde debería luchar con el sueño y hacer rondas cada quince minutos por su sector de perímetro entre galpones y restos herrumbrados de lo que fueron los ferrocarriles del estado. En un cajón descansaba una pistola calibre treinta y ocho que ni siquiera tocó. Se aflojó la corbata y revisó su mochila, por suerte no se había olvidado del café y dos emparedados de atún.
Media hora después comenzaba a dormitarse pero felizmente tenía que hacer la primera ronda, recordó que debería llenar un parte con las “novedades” cumpliendo con el reglamento. Se arregló la corbata, tomó un sorbo de café y comenzó a caminar por los senderos observando hacia el vallado para constatar si nadie trataba de entrar a robar o algo.
A lo lejos ladraban unos perros, al dar la vuelta, frente suyo estaba una de las entradas laterales y junto a la caseta había estacionado uno de los autos de los supervisores que de tanto en tanto recorrían los distintos servicios de la compañía, no tuvo más remedio que presentarse al tipo que con mala cara rezongaba a otro vigilante porque lo había encontrado dormido.
__ Por esto te vas a quedar sin presentismo este mes Rodríguez.
Pedro saludó y regresó a su puesto tras firmarle el formulario al supervisor.
Cuando llegó a la caseta divisó que alguien había pasado por allí porque le habían anotado un saludo en un pequeño papel que dejaron sobre el parte.
__ “La funcionaria María Forteza se presentó a las 18:35 a pedirle la radio prestada, puesto número cinco”.
Pedro sonrió, tomando la radio comenzó a recorrer el camino en el sentido contrario de donde había regresado y tras pasar el sector de grandes galpones encontró una amplia zona de pastos crecidos y grandes silos de madera y hierro.
__ Buenas tardes, te traigo la radio.
__Gracias como sabía que venía el nuevo no quise traérmela sin pedir permiso.
__ Soy Pedro Marticorena, se puede quedar con ella, no sabía que había damas en el horario nocturno y mucho menos en este tipo de servicios. __ Dijo recorriendo la vista en el entorno bastante agobiante a medida que se hacía de noche.
__ ¿Damas?, ¿Dijiste: Damas?
__ ¿?
__ Bueno, sin duda que no sos tampoco la clase de personas que trabaja en esto, por lo tanto vos que hablas bien, yo que soy mujer y Eduardo somos los tres raros de la empresa y todos estamos aquí.
__ ¿Eduardo?
__ Ah, claro, entraste hoy, ya lo vas a conocer, le dicen “El Vampiro”, es muy raro el tipo, te cuento que es el único que no me ha querido levantar de entre los doce que cuidamos el predio.
Pedro la saludó y se fue, era casi la hora de regresar a su cubículo, ya tenía ganas de renunciar, no sabía cuanto tiempo más iba a tener que cumplir con tantos reglamentos al pedo.
Pasó más o menos una semana, se cogió a su compañera más o menos tres veces desde su primer día y aún no había conocido al “Vampiro” hasta que una noche uno de los supervisores llegó justo cuando dormía como un tronco.
__ Usted sabe que no se puede dormir en su puesto, la próxima vez le quito el presentismo, ahora pasa porque es nuevo, ya sabe.
El supervisor se subió al auto y se retiró.
__ ¡Andá a la concha de tu madre, milico puto!
Pensó nuevamente en renunciar y fue cuando vio algo extraño, fue como una sombra que había trepado por una pared vertical en uno de los depósitos de durmientes.
Con muy pocas ganas sacó el revolver y los colocó en su canana, luego eligiendo la linterna de larga distancia, se calzó el sombrero y caminó rumbo al enorme edificio tratando de alumbrar en la dirección donde había visto la sombra.
Se le cansó el brazo dirigiendo el haz de luz en dirección al galpón y nada, se convenció de que solo había sido su imaginación pero al darse vuelta para volver a la garita casi se muere del susto.
Un guardia de extrema delgadez y mirada penetrante le observaba curioso y tras titubear le dio una mano fría que le apretó la suya con inusitada fuerza.
__ Eduardo O’connor para servirte.
__ “El Vampiro”, perdona, María me dijo que así te llaman.
__ A vos ya te pusieron “el intelectual”, es casi un sacrilegio leer a Freud mientas tus colegas escuchan reguetón y miran revistas porno.
__ Bueno, estudio sicología durante las mañanas, me quedé sin trabajo en un laboratorio y terminé aquí. __ Dijo con desdén.
__ ¿Y por que “El Vampiro”?
__Es curioso como la gente más torpe y simple a veces da con el clavo. __ Dijo mientras mostraba dos colmillos extremadamente largos y sonreía.
__ ¡A la mierda!
__ No te asustes que dentro de unos días me voy a Europa, tomé este trabajo solo porque me gustan los trenes y aquí tienen muchas reliquias antiguas.
Fin

